En 1798, después de la revolución francesa, Pierre François Lubin abrió su casa de perfumería, en la calle Sainte Anne de París, suministrando a las “Increíbles” y a las “Maravillosas”, las damas de la alta sociedad parisina, cintas perfumadas, máscaras de baile y polvos de arroz, pero, sobre todo, su famosa Agua vivificante, que se convertiría después en el Agua de Lubin. Pronto consiguió los favores de la corte imperial. La emperatriz Josefina y la reina María-Amelia son dos de sus primeras e ilustres clientas, gracias a cuyo favor su fama fue extendiéndose por todas las cortes europeas, incluida la del Zar de Rusia. En 1830, Lubin llega a Estados Unidos, abriéndose al Nuevo Mundo, en plena época de exploradores y aventureros. Desde entonces hasta hoy, Lubin sigue siendo una de las marcas más prestigiosas del arte de perfume.